¿Quién no ha tenido alguna vez, a lo largo de su vida, un amor imposible el cual nos ha dado repetidamente calabazas en el transcurso de nuestro cortejo? La calabaza siempre se ha relacionado con el perdedor, con el que se vuelve de vacío sea cual sea su empresa. ¿Por qué ocurre esto?
La calabaza pertenece a una gran familia, las cucurbitáceas, que además de tener un nombre muy sugerente también tiene entre ellas a la sandía, el melón, el pepino, el calabacín… así hasta 850 especies que se caracterizan por crecer en el suelo y tener una piel gruesa que las protege de las condiciones extremas que necesitan para madurar. Su origen es asiático y los mismísimos egipcios ya la cultivaban.
CALABAZA COMO CASTIGO
La mala fama de la calabaza, en cuanto a fruto poco aprovechable, le viene porque en un principio sólo se aprovechaban de ella las semillas, desechando lo demás. Es por ello que al quien le daban una calabaza era como si no le hubiesen dado nada, pues tras esa apariencia enorme, no se podía aprovechar demasiado. De esta forma, si se acercaba el Romeo de turno a su Julieta con la mejor de las intenciones y volvía por donde había venido, se decía que le habían dado calabazas pues volvía vacío, como las mismísimas calabazas.
Allá por el siglo XV, los españoles introdujeron la calabaza en Europa, donde en los países de clima cálido su cultivo obtuvo mayor éxito, dando lugar a unas variedades de calabaza con más pulpa en su interior y sabor más afrutado, erradicando la mala fama que tenía este fruto como inútil.

COCINA DE COLORES Y LEYENDAS

Cuenta una leyenda no escrita que esta receta en concreto pertenece a la cocina que hemos heredado de los mudéjares que, en su afán por demostrar que se habían convertido al cristianismo desarrollaron una manera de cocinar paralela a la nuestra incluyendo cerdo en sus platos y basada en el guiso judío llamado adafina que consistía en un cocido, antecedente directo de nuestras ollas, potajes, berzas y pucheros. Con este tipo de platos demostraban que eran tan cristianos como el primero y así no eran expulsados, conservando de ese modo sus pertenencias y negocios. Todo un ejemplo de supervivencia, aunque les tuviesen que “dar morcillas” para ello...
INGREDIENTES
Sal, Aceite de oliva, Pimentón dulce, Orégano,
Vinagre, 3 dientes de ajo, 200 gr. De tocino, 2 rebanadas de pan cateto,
2 morcillas de cebolla, 1 Kg. De calabaza.
Disponemos una sartén con un par de cucharadas de aceite de oliva y doramos los dientes de ajo pelados y los reservamos. Aprovechando el mismo aceite, tostamos el pan cortado en trozos y los apartamos igualmente, así como pasamos la morcilla cortada en rodajas y el tocino hasta que nos suelten la grasa y reservamos también en un plato.
Con el fuego apagado, añadimos una cucharadita de pimentón y la diluimos en este aceite.
En una cacerola baja o una sartén grande, rehogamos la calabaza cortada en cuadrados medianos, pelada previamente. Cuando hayamos dado unas vueltas a la calabaza, añadimos un poco de agua hasta que la cubra para que se ablande cociendo a fuego medio. Una vez que haya evaporado el agua y la calabaza esté blanda, agregamos el aceite de la sartén que tenía pimentón y el tocino y la morcilla, así como hacemos un majadillo con el pan, los dientes de ajo, una cucharadita del orégano y el vinagre, echándoselo al guiso y rectificándolo de sal. En caso de que nos guste el picante, podemos añadir una guindilla al majadillo y, si lo necesitase para conseguir un aspecto más cremoso, podemos poner un poco de agua que se ligue con ayuda del pan que hemos mezclado y transforme el aceite en una salsa con el vaivén de la sartén o cacerola empleada.
Ahora mismo voy a preparar tu receta...tengo calabaza del huerto de mis suegros y morcilla de León! no puede fallar. Un saludo!
ResponderEliminar¡Ya lo creo que no puede fallar!
ResponderEliminarCuéntanos como te ha ido con el guiso...
Un saludo